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Una lectura necesaria: “En el laberinto”, de Pilar Margod

Por Santiago López Navia

De Pilar Margod, escritora y profesional de primer nivel en su ámbito (la psicología clínica), creo haber leído todo, y creo haberlo leído bien, empezando por su poemario El viaje del alma, siguiendo por su novela El corazón de la araña y terminando por ahora con la segunda parte de su trilogía aún inconclusa, En el laberinto, recientemente publicada por Círculo Rojo.

Con el paso de los años voy cobrando conciencia creciente de las lecturas necesarias, y en el menor de los casos, de las lecturas muy convenientes. No tengo la menor duda de que En el laberinto ha sido y es una lectura necesaria para mí, pero me resulta muy fácil argumentar sobre su condición de lectura muy conveniente.

En primer lugar, la última novela de Pilar Margod nos recuerda el conflicto humano, las muchas aristas de cada persona, el permanente misterio de la existencia y las muchas cosas inexplicables que tienen que ver con la dimensión trascendente de la comunicación interpersonal. Por otra parte, porque nos pone a veces en un brete moral por la conformación rica, y a veces paradójica, de los personajes. Cuando el lector descubra al doctor Cameron entenderá lo que digo, porque concita cierta adhesión, cierta empatía; porque se ha propuesto el objetivo correcto a costa de medios incorrectos, éticamente ilegítimos, pero sobre todo porque es un ser inequívocamente abyecto y muy poderoso cuyas redes de araña resultan sobrecogedoras precisamente por su desasosegante verosimilutud. 

Hay una razón especialmente significativa a la hora de apuntalar la conveniencia de leer En el laberinto, y es que pone de relieve el poder revelador e imbatible del amor que se manifiesta en los seres humanos (sobre todo los amigos de verdad, los del corazón); en los animales, representados en la novela por dos perros únicos, Trufa y Patxi, que no necesitan hablar para decir; en la naturaleza, que nos nutre y nos ampara maternalmente y en la fuerza que nace de nuestra capacidad de sobreponernos a la adversidad. Todas estas garantías tejen ese hilo de Ariadna que nos marca el camino para salir del dédalo de nuestra vida, siempre marcada por nuestra vulnerabilidad, nuestra contingencia. Y es que todos, lo reconozcamos o no, somos prisioneros de alguno de los muchos laberintos que acompañan nuestra existencia en un mundo complejo e imprevisible.

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