Por José Ramón Fernández de Cano

El ciudadano fallecido hoy en Madrid, víctima de un incendio doméstico en el que también perdió la vida, ayer, un hijo suyo, era el poeta cordobés Mariano Roldán (premio Adonáis de 1960 por su poemario Hombre nuevo), de quien José Luis Cano dejó escrito: “Veo la poesía de Mariano Roldán en una línea de poesía andaluza seria y melancólica que me parece arranca de Bécquer –quien tenía, recordad la rima, ‹‹alegre la tristeza y triste el vino››–, y sigue con Antonio Machado, con el mejor Manuel Machado (…) y con Luis Cernuda, en quien alcanza –esa línea– su más pura expresión”.

Gacetilleros y vecinos, siempre chismosos, aventuraban ayer (sin aportar la menor referencia a la calidad de un corpus lírico sin duda desconocido por todos ellos) que el hoy finado debía de padecer el síndrome de Diógenes, pues vivía rodeado de trastos. Al parecer, esos “cachivaches” que se amontonaban sin orden en la casa quemada del desventurado Roldán no eran otra cosa que millares y millares de libros. 

Trágico destino el suyo, en cualquier caso: las mismas páginas que, sin duda, le mantuvieron apegado al mundo hasta casi permitirle alcanzar la condición de nonagenario, aceleraron la propagación de las llamas que le han quitado la vida.

Los parias

En un recodo de la plaza están:
reyes de risa, dioses de miseria.
Sucio temblor redobla
entre las manos de la madre encinta,
mientras la adolescente se acompasa
-la flor ajada, el colorete­­-
al metálico son que le hace el padre
con la trompeta
que gime, aguda, la inutilidad
de unas vidas, contentas
con el puro presente y su pitanza.
(Gente que pasa se detiene
a gozar de su orden ciudadano
en compasiva suficiencia fácil).
Mañana, nuevamente,
del despertado polvo del camino,
pueblos cerrados, ciegos corazones,
y el siempre ser mendigos de los otros.
Pero ahora ellos,
ellos, los parias, los que no comprenden
-porque la vida los mantuvo exentos-
dioses sin sombra son, reyes de veras,
ante los ojos de los que les tiran
caridad en moneda, envidia en palmas.
Un viento extraño agita las acacias.
Dios se retrae.
                             Suave gira el mundo.

(Ley del canto, 1970)

Viejo y su perro

Sobre el reseco asfalto, ronco

de sol, brinca la fe

del perro, junto al viejo

crédulamente ensimismado

de familiaridad.

                                      (Guardan los dos

el cemento, el andamio,

la arena solitaria

del domingo).

                                   Están

de fiesta.

                       Siempre se hallan

en fiesta:

                       el viejecillo

viendo brincar al perro;

                                                       el perro,

guardando siempre al viejo y al andamio…


(Hombre nuevo, 1961)

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