El misterio de Paul Dirac

Por Luis Junco

No hace mucho me convertí en abuelo por primera vez. Guillermo es el nombre de mi nieto y acaba de cumplir los cuatro meses. Yo ya tengo setenta años. A diferencia de con mi único hijo, a Guillermo le sigo con más curiosidad desde sus primeros días. No por más o menos cariño, sino porque ahora tengo más experiencia y he aprendido más cosas. Por eso me he fijado en sus primeras reacciones, ciegas, casi instintivas, buscando el pecho materno, y en sus primeros llantos, a veces por causas evidentes pero otros incomprensibles para los que le rodeábamos. He sabido que durante el primer mes su visión es muy incompleta, en blanco y negro, sin distinguir detalles más que a distancias muy cortas. Después de un tiempo le he visto dirigir la mirada, fijarla con más detalle y atención, al tiempo que el gesto ha ido cambiando, hasta parecer menos instintivo, más humano. Ya mantiene el cuello con más firmeza y en la expresión se aprecia el asombro, el disgusto, la preocupación. Un día esbozó su primera sonrisa. Ahora no para de sonreír y responder a gestos cómplices. También ha empezado a emitir sonidos, inarticulados, que veces me recuerdan el graznido de una urraca. Dentro de poco dirá su primera palabra. He sabido que los primeros esfuerzos para pronunciarla requieren escuchar la palabra al menos seis veces, sin que sea necesario que vayan dirigidas a él. También que por término medio los niños aprenden unas siete palabras al día, desde su nacimiento hasta los seis años. A la edad de dos años suelen tener un vocabulario de doscientas palabras, que llegarán a las quince mil con los seis años. A partir de entonces el aprendizaje se multiplica, crece de manera casi exponencial. Llegará así el día en que Guillermo empezará a pensar por sí mismo. Y un día en el que, como nos ha pasado a casi todos, buscará “la verdad”. ¿Qué verdad?

Coincide todo esto con mi lectura de la biografía de un hombre muy raro, Paul Dirac. The strangest man, así es el título de este libro de Graham Farmelo, que recrea la vida de este matemático británico para quien “la verdad” era esencialmente matemática. A esa búsqueda dedicó lo mejor de su vida. Averiguar lo que sea la realidad física es hallar la fórmula matemática más simple y bella que la refleje. Bajo esa premisa, Dirac hizo fundamentales contribuciones a la nueva realidad física que se alumbraba en el primer tercio del siglo veinte. Antes que nadie la viera, descubrió de esta manera la existencia de la antimateria y del positrón (la antipartícula del electrón). Y aunque no llegara a apartarse del mundo, su actitud fue la del monje que dedica su existencia a la búsqueda de Dios. Solitario, insociable, raro a más no poder, pero un genio. Así lo juzgaban los físicos y matemáticos que le conocieron. De él decía Einstein: “Tengo problemas con Dirac. Ese equilibrio en la cuerda floja entre genialidad y locura resulta tremendo”.

En 1926, cuando Dirac tenía 23 años y ya era conocido por su ingenio y rarezas, Niels Bohr le invitó a su Instituto de Física Atómica de Copenhagen. Como al resto de celebridades que invitaba, el método de Bohr era el diálogo socrático con su invitado durante varias jornadas, al final de las cuales habría un documento que reflejaría las conclusiones que ambos habían sacado. Pero era habitual que el pensamiento y el discurso de Bohr fluyeran lentamente, muchas veces de manera ininteligible; lo contrario de Dirac, al que salvo “Sí”, “No”, “No me interesa”, era muy difícil sacarle algo más. Después de casi media hora de soliloquio de Bohr sin lograr una sola respuesta de Dirac, este le dijo: “En el colegio me enseñaron que no debía empezar una frase si no sabía de antemano cómo acabarla.” Naturalmente, a partir de entonces no hubo ninguna otra jornada de diálogo con Dirac. También contaba Bohr otra anécdota de esta visita de Dirac a Copenhagen. Bohr era amante de la pintura, y decidió llevar a su joven invitado a una galería de arte. Ante un cuadro de un pintor impresionista francés que representaba una barca, Dirac le dijo: “Esta embarcación parece como si no estuviera acabada.” Y ante otra pintura de las mismas características: “Me gusta esta porque el grado de inexactitud es igual en todas sus partes”. 

Una de las pocas amistades de Dirac fue Robert Oppenheimer (conocido más tarde por su papel determinante en el desarrollo de la primera bomba atómica). Ambos coincidieron en Göttingen, en 1927. Dirac tenía 24 años y Oppenheimer 23. A pesar de las formas de vida tan distintas -Dirac, solitario, metódico, sin apenas salir de la ciudad, dedicado en cuerpo y alma a su trabajo matemático y de física; Oppenheimer, amigo de la jarana, frecuentador de las tabernas y vida nocturna, lector de buena literatura y escritor de poesía-, ambos congeniaron y daban largos paseos juntos, charlando especialmente de física y matemáticas. Años más tarde, Oppenheimer contó que en una de esas conversaciones salió el tema de la poesía y que Dirac le dijo: “No veo cómo puedes trabajar en física y escribir poesía al mismo tiempo. En ciencia puedes decir algo que antes nadie sabía y en palabras que todo el mundo puede entender. En poesía, sin embargo, lo que haces es decir algo que ya todo el mundo sabe, pero en palabras que nadie entiende”.

En 1933 Paul Dirac compartió con Erwin Schrödinger el Premio Nobel de Física y el resto de su vida siguió siendo un hombre muy raro y reservado. Se casó con Magrit, la hija del físico Edward Wigner, y adoptaron un hijo y una hija. En sus últimos años vivió en Florida. Allí, durante muchos fines de semana, los Dirac recibían la visita de otro matrimonio, más jóvenes que ellos y con los que habían entablado amistad. Eran el biólogo y médico Kurt Hofer y su esposa. Por regla general, eran los Hofer y Magrit los que llevaban el peso de la conversación. Paul seguía las conversaciones pero apenas intervenía. Salvo un día, que salió a relucir la historia de Bristol, en la que había vivido Paul Dirac cuando era niño. Para sorpresa de todos, incluida Magrit, Paul se puso a hablar de su pasado, de su familia, con tal pasión y a la vez con tal serenidad que todos quedaron con la boca abierta, sin atreverse a interrumpirle. Así estuvo hablando durante dos horas seguidas. Nunca más volvió a hablar así. 

No voy a desvelar lo que contó Paul Dirac en la única vez que habló de su vida, es el núcleo de este libro que comento. Basta decir que buena parte de “la verdad” que buscamos durante toda la vida tiene que ver con nuestros primeros años de existencia, con nuestra entorno más inmediato. A ellos solemos deber nuestras pasiones, nuestras locuras y a veces la genialidad de lo que creamos.  

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