La muerte de los dinosaurios, los años del cometa y los ejércitos de las sombras (y 7)

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La muerte de los dinosaurios, los años del cometa y los ejércitos de las sombras (y 7)

Por Luis Junco

Capítulo último

Hagamos una breve descripción del escenario y de lo que conocemos.

Nuestra estrella, el Sol, forma parte de una enorme estructura en forma de disco espiral (una galaxia) constituida -entre otras cosas- por 300 mil millones de estrellas que giran alrededor del centro galáctico. No todas van a la misma velocidad. La nuestra, el Sol, a razón de 800 mil km por hora, tarda unos 240 millones de años en dar una vuelta entera, equivalente a un año galáctico. Ya ha cumplido veinte años galácticos y se espera que cumpla otros veinte más antes de morir. La estrella vecina más cercana es Próxima Centauri, que está a 40 000 000 000 000 km de nosotros. Nuestro Sol, la Tierra y el resto de los planetas que giran a su alrededor, dentro de una especie de envoltorio esférico constituido por más de cien mil millones de objetos de pequeño tamaño formados casi todos por hielo, llega hasta casi la mitad de esa distancia a Próxima Centauri. Una nube que mantiene su forma esférica por la fuerza gravitatoria del Sol y que es conocida como la nube de Oort.

Aproximadamente cada 30 millones de años, por alguna razón aún no del todo conocida, se produce una alteración en esa nube de objetos pequeños (desde los 0,5 a los 500 km de diámetro) y “una lluvia” de ellos (en forma de cometas, en su mayor parte) cae hacia el interior del sistema solar y algunos impactan contra nuestro planeta. Suele ser la causa de las extinciones masivas de vida en la Tierra. Algo que sucedió con los dinosaurios hace 65 millones de años. 

El escenario es muy parecido al que existía en los tiempos en que aún vivía Luis W. Álvarez, quien ya intentó encontrar el mecanismo que pudiera producir esa alteración periódica en la nube de Oort. Pero no pudo hallar ninguno, entre otras cosas porque, debido a la distinta velocidad de los diferentes elementos que componen la galaxia, no hay ninguna regularidad en el paso del Sol por los brazos espirales. 

Hasta que, como decíamos en el capítulo anterior, entra en escena la materia oscura.

Lisa Randall es de ese tipo de creadoras con intereses de amplio espectro que a mí me gusta. Igual se interesa y escribe sobre las dimensiones ocultas en la física teórica, como por la música y la escritura de un libreto operístico (faceta esta que desconocía hasta que hace unos días un discreto amigo me lo hizo saber). Incluso ha aparecido en la serie televisiva The big bang theory, algo a lo que ella se refería irónicamente diciendo que su aparición se había notado tanto como si hubiera estado hecha de materia oscura. Sus libros Un viaje a las dimensiones ocultas del universo (2005); Llamando a las puertas del cielo (2012), son muy recomendables. Y especialmente Materia oscura y dinosaurios (2015), con cuya tesis principal acabaremos esta serie de entradas dedicada a la extinción. 

En su interesante y didáctico libro, Randall comienza explicando la importancia de la materia oscura en los inicios de nuestro universo conocido y cómo sin su presencia y su acción gravitatoria, la radiación (partículas cargadas) de los instantes iniciales hubiera dispersado la materia ordinaria como el viento esparce la hojarasca en un día de otoño. Solo su acumulación gravitacional con la materia ordinaria y la mayor expansión de los espacios vacíos del universo dio lugar al característico mosaico de filamentos, en cuyos bordes comenzaron a alumbrar las primeras galaxias. (Estructura que tanto recuerda a la red neuronal de un cerebro.)

Filamentos galácticos

Luego nos describe con detalle los distintos “candidatos” que podrían constituir esa misteriosa materia transparente, como ella dice debería denominarse, por sernos invisible y ajena a cualquier interacción con la materia ordinaria salvo la gravitatoria. Y especula con la posibilidad de estrellas y planetas de materia oscura gobernados por fuerzas similares a las electromagnéticas pero desconocidas para nosotros. “Podría sugerirse incluso una vida oscura coexistiendo con la nuestra.” 

Lo que no es especulación son los efectos que han llevado a detectar su presencia: en la formación de las primeras galaxias después del big bang; en los halos que rodean a las grandes galaxias y cúmulos galácticos y mantienen la velocidad de rotación observada. 

En el año 2013, el físico Paul Davies invitó a Lisa Randall a dar una conferencia en Arizona sobre sus investigaciones en materia oscura, y al final de la misma le preguntó si ella pensaba que esta exótica materia pudiera haber estado relacionada con la extinción de los dinosaurios. Era algo de lo que nunca antes había pensado, pero aquella posible conexión fue el foco en el que se centró todo mi interés durante los siguientes dos años. 

Randall leyó todo lo que habían conocido e investigado los Álvarez en los años 70 y 80, actualizó los datos que reforzaban las extinciones masivas y periódicas de vida en el planeta a causa de impactos de cometas y asteroides, y en colaboración con el también físico Mathew Reece elaboró una teoría que es la base del libro que comentamos y hasta donde yo sé la más sólida y creíble sobre la influencia de la materia oscura en la extinción de los dinosaurios. 

En síntesis es esta. 

Existen dos tipos de materia oscura o transparente. Una solo interacciona consigo misma y con la materia ordinaria a través de la gravedad. Es la que constituye la mayor parte de los halos galácticos que rodean a las grandes galaxias y cúmulos galácticos. Pero hay otra que además de por la gravedad, interacciona consigo misma por medio de una fuerza similar al electromagnetismo. El modelo incluye una partícula pesada que está positivamente cargada como el protón y otros tipos de partículas negativas del tipo del electrón. Ese tipo de materia oscura también rodearía a las galaxias en su formación y en algunos aspectos se comportaría como la materia ordinaria: al girar radiaría energía -via fotones oscuros- y acabaría colapsando como la materia que conocemos y formando una disco plano que estaría embebido con el que forma la materia ordinaria en nuestra galaxia. El espesor del disco de la materia ordinaria de la Vía Láctea es de 2 mil años luz y en el modelo de Randall y Reece, el correspondiente de la materia oscura es una sexta parte.

En su movimiento alrededor del centro galáctico, nuestro Sol y todo su envoltorio -que incluye planetas y nube de Oort- hace casi un círculo perfecto en el plano del disco galáctico, pero también hace una especie de burbujeo, atravesando el disco, saliendo y entrando del mismo en un movimiento periódico de balanceo. De esta manera, se aleja por encima y por debajo del disco hasta unos 500 años luz, antes de que la fuerza gravitatoria del disco lo devuelve al plano. En el modelo de Randall y Reece, el periodo en el que el Sol vuelve al plano del disco es de 32 millones de años y es en esos momentos cuando el efecto marea (lo que la gravedad de la luna hace sobre la superficie del mar en nuestro planeta) del disco de materia oscura embebido en el de materia ordinaria afecta con la suficiente intensidad a los objetos de la nube de Oort como para producir la “lluvia de cometas”. 

Cuando leía esto no dejé de hacerme una pregunta, como seguramente usted, lector/a, ya se habrá hecho. Y según eso, ¿cuándo será la próxima lluvia de cometas que pueda poner en peligro nuestra propia existencia sobre el planeta? 

Pues tengo entendido que solo hace dos millones de años que hemos salido del plano galáctico, así que según esos cálculos, aún quedan treinta millones para el posible y próximo impacto. 

¿Tiempo suficiente para…? Sí, también en este libro, Materia oscura y dinosaurios, Lisa Randall nos pone al día de los proyectos que ya hay en marcha de vigilancia y defensa contra los impactos catastróficos de asteroides y cometas. (Y de los que hay que añadir que no solo atienden a una periodicidad que pueda calcularse, ni que solo puedan provenir de la nube de Oort.)

Las amenazas al destino de la humanidad son muchas y algunas, como la desigualdad social y el reparto justo de la riqueza, deberían seguir estando entre nuestras prioridades. Pero otras que nos afectan a nivel planetario y ya llevan tiempo con nosotros, como la amenaza de guerra nuclear, o alguna otra que ya tenemos encima, como el cambio climático, deberían igualmente preocuparnos. La extinción de los dinosaurios, a pesar de que fue algo que ocurrió hace 65 millones de años, no es una causa menor. Me parece que saber de ella y darnos cuenta de cómo desapareció sin dejar rastro y en un plis plas una especie que fue dominante en el planeta durante 150 millones de años, nos ayuda a ser humildes y a valorar debidamente la vida que tenemos y que debiéramos preservar.

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