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Por Luis Junco

Abraham Loeb es uno de esos físicos teóricos -de origen israelí, profesor de la universidad de Harvard- que en la comunidad científica no pasa desapercibido. No parece haber término medio: se granjea apoyos y antipatías en proporciones parecidas, aunque, por lo que he leído sobre él, el núcleo “más duro y serio” del grupo de físicos teóricos lo considera un charlatán. La razones parecen estar bastante claras: Loeb se embarca en proyectos “exóticos” y busca explicaciones a buena parte de los hechos físicos sin resolver por la ciencia saltándose a la torera la ortodoxia y para algunos el sentido común. Tal vez por eso a mí me cae bien (y en cierto sentido, aunque nada tienen que ver en postulados y carácter, me recuerda mucho a Lee Smolin). Y también me cae bien por su opinión de que la búsqueda científica debe ser un trabajo colectivo cuyos resultados, incluso provisionales, deben compartirse con la gente en general, haciéndonos a todos partícipes del asombro y entusiasmo que acompaña a todo descubrimiento. 

En el libro que comento en esta breve reseña, Extraterrestrial (febrero, 2022), Loeb comienza explicando que buena parte de esa “rareza” de su carácter provenía de la infancia, que le llevó a pasar de cuidar cabras en la granja colectiva de Beit Hanan, en su país de origen, a estudiar primero filosofía y luego física, en la universidad de Jerusalén. Su especialidad en plasma -especial forma de la materia de la que ya hemos hablado en este blog- le llevó primero al Centro de Estudios Avanzados de Princeton, y luego al departamento de astronomía de la universidad de Harvard, cuando apenas tenía 30 años de edad. Y también nos cuenta en el libro que desde el principio, su interés por la ciencia le llevó a alejarse de los asuntos de moda que, a su juicio, siendo “bellos teóricamente”, eran difícilmente -por no decir imposible- comprobables por la experiencia. (Se refiere naturalmente a las teorías de la supersimetría, nuevas dimensiones espaciales, la teoría de cuerdas, el multiverso.) (También en eso se parece a Lee Smolin.) Para Avi Loeb hay unas pocas preguntas cosmológicas de gran importancia, por el poder de transformación que sus respuestas pueden tener sobre nuestra manera de ser y pensar. Y a dos de ellas se ha dedicado buena parte de su vida como físico y cosmólogo: ¿Qué precedió al Big Bang?; ¿A dónde va la materia que cae en un agujero negro? Pero por encima de estas hay otra que en su opinión las oscurece: 

He dedicado una buena parte de mi vida y carrera profesional a responder a estas dos preguntas. Pero ¿tendrían las respuestas a estas dos importantes preguntas el mismo efecto transformador sobre la concepción que tenemos sobre nosotros mismos que el saber si somos solo una especie inteligente entre otras muchas o, al contrario, saber que somos la única que ha aparecido en el universo? 

A responder a esta pregunta está esencialmente dedicado este libro. 

Una pregunta que también inquietaba al físico y multimillonario ruso Yuri Milner, quien en 2016 llamó al despacho de Loeb en Harvard para consultarle la posibilidad de enviar una nave a la estrella más próxima y a su posible sistema planetario, y responder a la pregunta de si allí había vida parecida a la nuestra. La condición era que todo debía hacerse en un plazo de tiempo que permitiera a Milner conocer la respuesta. (Yuri Milner tenía entonces 55 años.) Loeb y su equipo se pusieron en marcha y en poco tiempo dieron su respuesta: sí, era posible. El proyecto Starshot Initiative se inició ese mismo año, con 100 millones de dólares de inversión inicial, con Loeb como director del consejo asesor y en el que también participaban figuras tan señeras como: Freeman Dyson, Martin Rees o Stephen Hawking. El propósito era (sigue siendo) enviar una nave nodriza de 4 metros por 4 metros, impulsada a modo de vela solar por fotones acelerados por un sistema de lásers de 100 gigawatios de potencia, que alcanzaría la quinta parte de la velocidad de la luz (60 mil kilómetros por segundo) y llegaría a Proxima Centauri (a 4 años luz de distancia) en unos veinte años. Una vez allí, miles de pequeñas naves del tamaño de un sello de correo se esparcirían por el sistema planetario de la estrella y especialmente explorarían un planeta que se conoce como Proxima b y que está en lo que se conoce como “zona habitable” de la estrella. Fotos e información adicional llegarían a la Tierra cuatro años más tarde. Si en ese tiempo Yuri Milner seguía vivo, podría tener su ansiada respuesta. 

El proyecto Starshot

Pero lo que llevó a Abraham Loeb a las primeras páginas de los periódicos y de los noticieros de las principales cadenas de televisión ocurrió un año más tarde, en 2017. El 19 de octubre, el astrónomo Peter Weryk, observando a través del telescopio Pan-STAARS, en Hawai, descubrió, llegando de la dirección de la estrella Vega hasta el plano de la eclíptica de nuestro sistema solar, un extraño objeto: de unos mil metros de largo y 30 de ancho, que giraba sobre sí mismo de manera regular, brillante, y, sobre todo, que con una trayectoria que no era la esperable de un objeto que fuera simplemente atraído por el Sol. La noticia corrió como la pólvora y muchos de los astrónomos y científicos trataron de explicarlo como otro de los asteroides o cometas que eran atraídos por nuestra estrella. Pero no se percibía la típica “cola” de cometa -vapor en que se transforma el hielo del cometa con el calor y la fricción- que explicaría algo de su trayectoria y su cambio de rumbo. Se le bautizó con el nombre hawainano Oumuamua (Descubridor).

Y entonces Avi Loeb dio su opinión. Y se levantó un enorme revuelo. 

(Pero de esto y otras interesantes cosas de este fascinante libro hablaremos en la próxima entrada.)

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